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¿Corren ríos de tinta por donde antes corrieron ríos de sangre?

Esta pregunta podría ser el resumen de lo acontecido o no el día 14 de agosto de 1936 en la plaza de toros de Badajoz.

Muchos autores siguen dándole vueltas al Badajoz del 36 y removiendo a los muertos que se amontonaban en las aceras y que aún hoy siguen sin poder descansar tranquilos, otros, simplemente niegan su muerte.

 

Nosotros desde estás páginas pretendemos acercarnos a la verdad del punto medio mediante los recortes de prensa de la época ... tome usted sus decisiones.

 

Lo más cierto es que no fue una pelea de niños, no se puede negar su existencia (como hace Pío Moa), pero tampoco dar cifras fuera de la realidad, que ya de por si es bastante descarnada.

 

El general Yagüe, responsable de la toma de Badajoz por los rebeldes franquistas, entró con unos 3000 hombres en la ciudad pacense el día 13 de agosto, previamente, la noche de antes, Badajoz fue bombardeada desde el aire. Yagüe se encontró una ciudad sin luz, destrozada, habitada por los que no tuvieron tiempo de huir y por los milicianos y soldados que se atrincheraban en las murallas del siglo XVIII. Se combatió en varios sectores: Puerta del Pilar, Fuerte de la Pardalara, Puerta de la Trinidad, llamada “brecha de la muerte”, por donde atacó Asensio, y Cuartel de Menacho.

Después la Guardia Civil se sublevó desde dentro y, entre eso y el afán de los rebeldes, los franquistas se hicieron con la ciudad.

Lo que pasó después es otra historia que esperamos aclararles.

 

 

 

 

 

Para ratificar la existencia de dicha matanza hay que hacer referencia a las palabras que el propio Yagüe dijo en el verano del 36 a John T. Whitaker, que le preguntó si era verdad que había matado a miles de pacenses, la respuesta fue abrumadora: “Naturalmente que los hemos matado. ¿Qué suponía usted? ¿Iba a llevar a 4000 rojos prisioneros en mi columna, teniendo que avanzar contrarreloj? ¿O iba a dejarlos en la retaguardia para que Badajoz fuera rojo otra vez?”. Poco más cabe añadir.

 

 

 

 

 

El 27 de octubre de 1936 el periódico La voz presentaba al general Yagüe como responsable de una mortandad extrema en Badajoz: “Cuando Yagüe se apoderó de Badajoz, utilizando para el ataque el territorio portugués, hizo concentrar en la Plaza de Toros a todos los prisioneros milicianos y a quienes, sin haber empuñado las armas, pasaban por gente de izquierda. Y organizó una "fiesta". Y convidó a esa fiesta a los cavernícolas de la ciudad cuyas vidas habían sido respetadas por el pueblo y la autoridad legítima.
Ocuparon los tendidos caballeros respetables, piadosas damas, lindas señoritas, jovencitos de San Luis y San Estanislao de Kotska, afiliados a Falange y Renovación, venerables eclesiásticos, virtuosos frailes y monjas de albas tocas y mirada humilde
. Y, entre tan brillante concurrencia, fueron montadas algunas ametralladoras.
Dada la señal —suponemos que mediante clarines—, se abrieron los chiqueros y salieron a la arena, que abrasaba el sol de agosto, los humanos rebaños de los liberales, republicanos, socialistas, comunistas y sindicalistas de Badajoz. Confundíanse los viejos y los niños, también figuraban mujeres: jóvenes algunas, ancianas otras; gritaban, gemían, maldecían, increpaban, miraban con terror y odio hacia las gradas repletas de espectadores. ¿Qué iban a hacer con ellos? ¿Exhibirlos?¿Contarlos?¿Vejarlos? Pero pronto, al ver las máquinas de matar con los servidores al lado, comprendieron. Iban a ametrallarlos.
Quisieron
retroceder, penetrar nuevamente en los chiqueros. Pero fueron rechazados, a golpes de bayoneta y de gumía por los legionarios y cabileños que estaban a su espalda. Y se apelotonaron lívidos, espantados, esperando la muerte.
Yagüe estaba en un palco, acompañado de su segundo, Castejón. Le rodeaban, obsequiosos y rendidos, terratenientes, presidentes de cofradías, religiosos, canónigos, señoras y damiselas vestidas con provinciana elegancia.
Levantó un brazo y flameó un pañuelo. Y las ametralladoras comenzaron a disparar”.

 

 

 

Este artículo, más literario que periodístico, no se ciñe del todo a la verdad, cierto que hubo miles de muertos, pero no hay testimonios ni documentos fiables que prueben que Yagüe y sus hombres tenían el sentido del espectáculo tan desarrollado, no está probado que hubiera más vejación que la propia muerte.

En la madrugada del 15 de agosto cruzaban el Guadiana por el Puente de Palmas procedentes de Portugal los periodistas Jacques Berthet, de Le Temps, Marcel Dany, de la agencia Havas y Mario Neves, del Diario de Lisboa. Debido a que Portugal colaboraba con la rebelión franquista y al control que dicho país ejercía sobre sus medios, se puede pensar que los testimonios de Neves son fiables, pues no se hubiera permitido manipular datos y, por otro lado, la posición pro-izquierdista de Neves no le hubiera permitido ser brazo propagandístico de los rebeldes que, por cierto, ya tenían otros medios de publicidad.

 

«Nos dirigimos enseguida a la plaza de toros, donde se concentran los camiones de las milicias populares. Muchos de ellos están destruidos. Al lado, se ve un carro blindado con la inscripción “Frente Popular, D. Benito, N° 10”.
Este lugar ha sido bombardeado varias veces. Sobre la arena aún se ven algunos cadáveres, lo que da a la plaza un aspecto macabro de teatro anatómico.
Todavía hay, aquí y allá, algunas bombas que no han explotado, lo que hace difícil y peligrosa una visita más pormenorizada» .

Los artículos de Mario Neves, que se han querido aducir como prueba de las matanzas y que resultan especialmente interesantes dada su posición pro-izquierdista, invalidan los relatos que pretenden que a esas mismas horas estaban teniendo lugar ejecuciones indiscriminadas en la plaza de toros, un lugar en el que resultaba inseguro permanecer debido a que habían quedado allí bombas sin explotar. El siguiente relato, publicado por uno de los autores que citan Reig Tapia o Espinosa, pertenece a lo que podemos llamar con toda propiedad historia-ficción:

«Poco después de la salida del sol del día 15 de agosto, las tropas victoriosas habían amontonado ya a los prisioneros en la arena de la plaza. No se establecieron responsabilidades. No se juzgó a nadie. Las víctimas eran sacadas por la puerta de caballos. Las ametralladoras habían sido fijadas en las contrabarreras del toril. Entre las siete y media y ocho de la mañana, las ametralladoras abrían fuego. En unos momentos caían muertos, sacrificados, más de 1.200 hombres, milicianos y soldados, comunistas y socialistas, republicanos, hombres de izquierda, campesinos, jornaleros, obreros, pastores..., La arena enrojeció, empapada de sangre. Los gritos de horror, los lamentos, los gemidos agónicos se escuchaban a gran distancia de la plaza» .

 

 

 

Y no es sólo que el estado en que encuentra la plaza no resulta compatible con estas escenas de matanzas masivas, al día siguiente, el desmentido es rotundo:

«Ayer se decía en Elvas que en la plaza de toros, transformada en prisión, se han llevado a cabo numerosos fusilamientos. Por eso, nos dirigimos hacia allá, con el fin de verificar la exactitud del rumor. Tras algunas dificultades, conseguimos entrar en la arena. Algunas docenas de prisioneros aguardan su destino. Pero la plaza no tiene un aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor es infundado. Los mismos automóviles destruidos y los mismos cadáveres que ayer tanto me impresionaron y que aún no han sido retirados» .

En sus crónicas, Mario Neves no niega el hecho de la represión pero lo despoja de añadidos legendarios: si las bajas experimentadas en la lucha fueron cuantiosas, también resultaron numerosas las ejecuciones llevadas a cabo en los días siguientes a la ocupación de la ciudad. Esos fueron los cadáveres que Neves tuvo ocasión de ver en algunos puntos de la ciudad como la calle de San Juan, los cuarteles y en las hogueras que tanto le impresionaron en el cementerio y donde se mezclarían, sin duda, los milicianos caídos en la lucha y los soldados y paisanos ejecutados como consecuencia de lo que él mismo llamó la inflexible justicia militar:

«De allí fuimos al cuartel de La Bomba uno de los puntos en donde más se ha luchado en estos días trágicos. Los barracones están totalmente destruidos a consecuencia del bombardeo. En el patio, cerca de las caballerizas, todavía se ven muchos cadáveres: la inflexible justicia militar...[...]
Después pasamos por el foso de la ciudad, que aún está repleto de cadáveres. Son los fusilados esta mañana, en su mayoría oficiales que combatieron hasta el último momento entre los que se mantuvieron fieles al gobierno de Madrid[...]
En las calles principales hoy ya no se ven, como ayer a primeras horas de la mañana, cuerpos insepultos. Nos aseguran personas que nos acompañan que los legionarios del Tercio y los regulares marroquíes encargados de ejecutar las decisiones de la justicia militar sólo quieren mantener expuestos los cadáveres durante algunas horas, en uno o en otro punto, para que sirvan de ejemplo»

 

Mario Neves entrevistó el día 15 al general Yagüe en un despacho del ayuntamiento de Badajoz. Neves le pregunta a Yagüe el número de fusilados. “Hay quien habla de 2000”,señaló Neves. “No deben de ser tantos...”,dijo el general, “pero con un aire de suficiencia, de perfecta confirmación de que podía ser posible”. Hay que aclarar que la entrevista se produjo a las 11 de la mañana, es decir, apenas quince horas después de que Yagüe entrara en Badajoz, los fusilamientos sólo acababan de comenzar.

 

Poco más hay que añadir, creo que el propio general Yagüe da fe de la escabechina que llevó a cabo. Espero que estas pocas líneas hayan ayudado a dar un poco de luz a tan tratado tema.

LA MATANZA DE BADAJOZ.

Autora: Luna Senara.

Nº 27  Del 15 al 31 de abril.