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Olivia Mora Álvarez, Mérida.          2/07/06

 

 

 RINCÓN DE LOS POETAS

 

Por todos es conocido que el Rincón de los poetas de Mérida es un lugar especialmente frecuentado por los turistas que se desplazan a la capital. De vital importancia cultural es el, recién acondicionado, arco construido en honor del emperador romano Trajano.

 

Para una ciudad Patrimonio de la Humanidad que pretende vivir del turismo es imperdonable

el estado en que se encuentra dicha plaza.

 

Para empezar tenemos que observar el lamentable estado de limpieza en el que se encuentra. Si visitamos la plaza del Rincón de los poetas podremos ver demasiada suciedad, como cartones encontrados detrás de los árboles que “adornan” esta plaza así como las defecaciones caninas que pavimentan el suelo, entre otros.

 

Asimismo, los árboles están secos y mal cuidados y la ausencia de éstos en ciertas zonas que rodean dicha plaza es alarmante y permite claramente divisar las pintadas de las paredes adyacentes (convento incluido). La falta de cuidado de éstos hacen que la plaza parezca aún más fea de lo que ya la hace lo comentado anteriormente.

 

También hemos de tener en cuenta que la “fuente”, único ornamento de la plaza, está llena de pintadas y residuos que pudieran llevar a posibles infecciones a los más pequeños que juegan por allí.

 

Por último cabe destacar el frecuente trasiego de drogodependientes y pedigüeños que hacen de esta plaza su casa, pernoctando detrás de los árboles y alrededores.

 

No debemos caer en el error de culpar a los bares que colocan allí sus terrazas porque no sólo no incomodan al turista, sino todo lo contrario, le facilitan un lugar más en el que disfrutar de esta ciudad.

 

En pleno siglo XXI, en una ciudad de servicios capital de región y Patrimonio de la Humanidad, es incuestionable la obligación de mantener sus plazas, parques y entornos monumentales, al menos, con la dignidad que estos merecen.

 

 

PEDRO ROMERO PEREZ, MÉRIDA            18/07/06

 

VIENE AL PELO CON EL TEMA CANDENTE DEL CEMENTERIO DE MERIDA
Rafael Fernando Navarro
Mis muertos, un derecho [corregido]

Durante muchos años España no fue España.

Fue una cuneta inmensa donde un régimen

abandonaba los muertos, sembrando angustias,

tatuando el dolor de los que quedaron vivos.
España fue una tapia grande de cementerio, una

pared sitiada cada amanecer, chorreada de sangre

rebelde, de mujeres preñadas de esperanza, de

jóvenes tronchados. Cayeron poetas
y campesinos, madres de pañuelos en la cabeza

y muchachas de muslos blancos. Se disparó contra

las ideas, contra la fidelidad, contra la altanería limpia

que enarbolaba derechos. Y después nacimos los de

la dictadura, con lazos negros, con lutos injertados,

con una tristeza infinita. Y así vivimos. Con la libertad

arrinconada en los sótanos del alma sin poder airearla

en los balcones de la vida. Con la alegría fusilada contra 

un muro de cuarenta años.

La derecha española se niega a condenar el golpe militar del 36. No se puede -argumenta- levantar de nuevo la polvareda que obnubiló a España durante una contienda que estalló hace setenta años. No es conveniente condenar la dictadura porque es historia pasada de
España y hay que mirar al futuro.

Los muertos son un derecho. Y una infamia el olvido olvidado de esos muertos. Cada cadáver perdido en el tiempo es una bala certera en la memoria. Es reinventar las tapias
y las cunetas. Los muertos son un derecho como el aire, las flores
o las olas. Los muertos son un derecho porque constituyen -ellos sí- parte de nuestra historia actual.

La democracia la concebimos, mientras luchábamos por su llegada, como una reconciliación con nosotros mismos. Todos podríamos en adelante habitar en la plaza grande de la palabra, del derecho, de la libertad. Para eso era necesario entroncar con
nuestros muertos, reivindicar las raíces. No hemos nacido de nadie. Ellos parieron la posibilidad de vivir la anchura de una libertad conseguida con sangre aunque en sangre
pretendieron ahogarla. Franco venció a unos pocos, pero no pudo con la historia. Y en la historia
están ellos como hechura primordial, como arranque primigenio, como dato protomártir.

Negar esta memoria es renunciar a las raíces, desentenderse de la paternidad de nuestro presente, renunciar a la madre sangre que nos engendró a todos. Apostatar del ayer es
condenarnos a una orfandad infame. No sentirnos hijos de nadie es prostituir nuestro pasado.

La memoria nos purifica históricamente de esa lacra que cayó sobre nosotros durante cuarenta años. La dictadura hizo de sus muertos un glorioso presente: calles, plazas, monumentos, estatuas y el recuerdo de todos los caídos por Dios y por España a la entrada de las Iglesias
.

Es hora de que los vencidos rescatemos nuestros muertos y le demos calor de albergue.
Ellos, los acostumbrados a cunetas y tapias blancas, a intemperies de escarcha y viento,
merecen el cobijo de un nicho acunado de nanas tibias y manos enlazadas. Los de la voz
fusilada al amanecer exigen el grito que condene al verdugo. De lo contrario el dictador
no sólo habrá conseguido destruirlos a ellos sino que habrá logrado acallar a los
hijos legítimos de la sangre.

Los muertos son un derecho irrenunciable si pretendemos mantener la dignidad de la existencia. Ser hijos también es un
derecho ejercido desde el reconocimiento del dolor frustrado. Nuestros muertos verdean por campos fecundados de memoria. Siguen aquí,
frente al dictador muerto, exhibiendo el futuro que soñaron. Han vuelto a renacer. Del Valle de los Caídos no emerge vida. Pesan demasiado el granito y el cemento. Por las tapias de antiguos cementerios se escala hasta la luz liberadora.

 

 

 

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