ExtremaduraCultural.com

1 de enero

Al poco de levantarme, cuando me dispongo a preparar el desayuno, encuentro en la puerta del frigorífico la nota que escribí anoche:

FELICITAR EL AÑO A AMIGOS Y FAMILIARES

FREGAR LOS PLATOS

ESCRIBIR LA PRIMERA ENTRADA EN EL DIARIO

RECIBIR EL NUEVO AÑO CON UNA SONRISA

 

Ninguna reflexión trascendente sobre “estas fechas tan señaladas”, valga la metáfora muerta. Quizá porque hace años que dejé de prestarles demasiada atención. Digamos que para mí son fechas señaladas pero no subrayadas.

 Tu revista digital

A última hora de la noche escribo otra nota, que dejo

pegada en la puerta del frigorífico:

ÁNIMO, A PARTIR DE HOY EMPIEZAS UNA NUEVA VIDA.

PON MANOS A LA OBRA

 

 

2 de enero

(Reflexión de las nueve de la mañana, después de leer la nota): Poner manos a la obra… ¿pero en qué?

 

 

3 de enero

Últimamente duermo mal. Me levanto entumecido, como si hubiera pasado toda la noche en tensión. Hoy me he despertado a las diez de la mañana. Después del desayuno, me senté en el sofá para continuar la lectura de Confesiones políticamente incorrectas, de Fernando Díaz Plaja, libro que dejé ayer a medias. A los pocos minutos empecé a sentirme terriblemente cansado. Resumiendo: regresé a la cama. Cuando desperté de nuevo eran ya las dos de la tarde. (Aprendan de mí aquellos que quieran malgastar una vida y no sepan cómo).

 

Dice K, alumna de mi taller de Alburquerque, que estoy en racha. En racha de buena suerte, se entiende. Yo no he notado nada, por más que me miro en el espejo. (¿O es que estas cosas no se reflejan en el espejo?). Algún día tendré que ponerme serio y preguntarle en qué se funda para decir que la suerte está de mi lado. Ella qué sabrá: desde la distancia, no es la persona más adecuada para opinar sobre el curso que sigue mi vida. Además, yo me siento igual que siempre: dolorido como si una ex novia despechada o una bruja malvada me hubieran echado un mal de ojo o, peor aún, como si hubieran practicado el vudú sobre mis afligidas carnes. (Pero reconozco que, por mi condición de fatalista, tampoco yo soy la persona adecuada para opinar sobre mis perspectivas de futuro).

 

Por la tarde voy a Correos a enviar un sobre con destino a una academia de talleres literarios con sede en Madrid. Junto a mi demanda de empleo incluyo un ejemplar de mi último libro: Un elefante en Harrods. Mantengo pocas expectativas al respecto. No hay nada más sospechoso en la vida literaria que tener que presentarte. Porque, cada vez que lo haces, el otro se pregunta: ¿quién será este desdichado a quien yo no conozco?

 

A la salida paso por el taller mecánico para recoger mi coche. Elías, el dueño,  me advierte de que el coche aún no estaba arreglado; mientras tanto, aprovechando la ocasión, me ha pedido que lea un relato que ha escrito su hijo, de diez años de edad. Mientras tomo un refresco en un bar cercano leo el relato, un cuento ambientado en un Japón intemporal. Una vez revisado el texto, que adorno con comentarios en los márgenes, siento que me he ganado el derecho a entrar de nuevo en el taller. Por suerte,  mi longevo vehículo –cinco años más viejo que el autor del cuento– ya está preparado. Y es una suerte, digo, porque llevo todo el día con un terrible dolor de cabeza y tengo ganas de regresar a casa cuanto antes.

Tras abonar la factura, Elías me pide mi opinión sobre el texto (al parecer el niño, lleno de impaciencia, había telefoneado horas antes para preguntar a su padre qué me había parecido). Le digo la verdad: que el escrito me ha gustado, que denota cierta habilidad  narrativa por parte de su autor. Después de algunas recomendaciones por mi parte, Elías empieza a hablar de su hijo con orgullo de padre; para poner imágenes a nuestra charla abre su cartera y empieza a sacar fotografías: suyas –de cuando era pequeño–, de sus dos hijos –chica y chica–, de su mujer… Y al final, tal como preveía, ha prometido llevar para la próxima ocasión –esto es, cuando mi coche vuelva a flaquear– más relatos de su hijo… y también algún poema de su padre.

La escena ha tenido algo de enternecedora. Y también de competitiva: su taller mecánico versus mi taller literario.

 

 

4 de enero

Sigo durmiendo mal por las noches, aunque tengo que reconocer que de una manera u otra siempre acabo durmiendo mis ocho horas (me encanta el empleo del adjetivo posesivo en frases como estas): cuatro por la tarde y cuatro de madrugada. Dicen los doctores que las siestas largas no son sanas; sin embargo, a mí me parecen señal inequívoca de que uno sigue vivo y con ganas de seguir soñando. Lo cual no está nada mal con los tiempos que corren.

 

Eloy me telefonea para ultimar algunos detalles sobre la presentación en Albacete de Un elefante en Harrods. Se hará, tal como sugerí, en la que para muchos es la mejor librería de la ciudad. Solo falta encontrar la fecha adecuada.

–Habría que hacerlo un día en que no haya fútbol –propone–. Ya sabes lo que ocurre cuando televisan un partido: la asistencia a eventos literarios como este se resiente.

(Sí, lo sé. Debí haberle hecho caso a mi padre: tendría que haber sido futbolista. Pero no tenía las cualidades necesarias).

–Tampoco puedo asegurarte cuántas personas van a ir. Al fin y al cabo no eres de Albacete…

–Ni famoso –le ayudo a terminar la fase.

–Ni famoso –asiente él.

(Como escritor, justo es decirlo, tampoco he demostrado tener las cualidades necesarias. Qué le vamos a hacer).

 

Minerva me envía un mensaje de móvil con el número de lotería que ha adquirido esta tarde para el Sorteo del Niño. En el pasado Sorteo de Navidad logramos un premio de 100 euros. Así que, supongo, en esta ocasión toca no ganar nada.

 

Correo electrónico de K sobre la presentación de mi elefante (nuevamente el adjetivo posesivo) en Alburquerque:

“¿Te gusta ponerme nerviosa? Mira que eres malo. Pues a lo mejor te pongo yo nervioso a ti si te digo que quien va a presentar tu libro está en América y no consigo contactar con él. ¿Qué te parece, eh? ¿Quieres más nervios? Pues resulta que la persona que se iba a encargar de presentarlo... ha dimitido. (Si es que tengo un ojo para elegir a las personas…). Y no estoy segura de que puede ser un viernes para que asista Minerva. Y... bueno, ya está bien, vale con que esté nerviosa yo. Tú tranquilo que tu libro se presenta en Alburquerque aunque tenga que hacerlo yo. (Esto sí que va a ponerte nervioso. Jaja). Por cierto, la foto esa del elefante y el niño sentados como amiguitos, ¿de quién es? ¿Crees que puedo utilizarla para mis tonterías o debo pedir permiso a alguien? Tranquilo, hombre. No me hagas caso que es todo mentira. Repito, tú tranquilo (si puedes, porque yo estoy que no vivo)”.

K se niega a desvelarme la identidad de la persona que va a oficiar como presentador. He tratado de sonsacarle el dichoso nombre pero no he tenido éxito. Cree que pienso en Luis Landero cuando hago mis cálculos. Al fin y al cabo, Landero nació en Alburquerque y la Casa de la Cultura donde imparto el taller literario –por tercer año consecutivo– lleva su nombre. Sin embargo, aunque efectivamente es el candidato más lógico (entiéndase lo de “lógico”) no había pensado demasiado en él. En cualquier caso, un tipo que tiene el buen gusto de desaparecer en América y reniega de presentar mi libro –posiblemente porque lo ha leído y no le ha gustado– es alguien que, aun sin conocerle, se ha ganado desde hoy mi más profundo respeto. 

 

 

 

5 de enero

Siete horas de lectura diaria, una de escritura, ocho durmiendo y las ocho restantes para reflexionar sobre los motivos que me llevan a perder mis días leyendo, escribiendo y durmiendo. En fin, esta es mi vida. 

 

Una vez se ha enterado de que aparece retratada en este diario, K me asegura que a partir de ahora cuidará su lenguaje, se abstendrá de revelarme el menor secreto y, por si fuera poco, dejará de escribirme en bata y zapatillas de andar por casa. Pero por qué tantas precauciones, me pregunto, si la tarea de un escritor es precisamente dejar a sus personajes en bata y zapatillas de andar por casa para que así puedan expresarse a su antojo. Podría decirse que el escritor actúa de forma inversa a la de un modisto: mientras que este viste a la persona, el otro la desnuda.

 

Belén Galindo me ha escrito para preguntarme qué textos me gustaría publicar en la nueva edición de La Casa de los Malfenti. (El nombre tan sugerente de la revista está extraído de la novela La conciencia de Zeno, de Italo Svevo). Creo que voy a enviarle las entradas de este diario escritas durante estos primeros días de 2007. Igual algún desconocido obtiene algún beneficio leyendo mis divagaciones. Como diría cierto torero, hay gente pa tó.

 

 

 

6 enero

Reunión familiar para entregar los regalos y para celebrar, de paso, el cumpleaños de uno de mis sobrinos. En fin, lo de cada 6 de enero. Pero ya no puedo quejarme de que todo se repita a cada año que pasa. Que todo siga igual me llena de satisfacción, en estos momentos más que nunca. Circunstancias personales de los últimos meses me han hecho abrir los ojos… Así que ahora comprendo perfectamente lo hermoso que es poder estar junto a los míos, aportar mi granito de arena en una escena rutinaria.

Vaya mi agradecimiento a los generosos Reyes Magos, que han tenido a bien permitirme comer el turrón una vez más. 

 

 

 

7 de enero

Me gustan los libros o las películas que giran en torno a la búsqueda del sentido de la existencia. Películas como El séptimo sello, de Ingmar Bergman, o novelas como El regreso de Jaim Laderer, del escritor yiddish Sholem Asch. Entiendo, no obstante, que este tipo de expresiones artísticas puedan aburrir al ciudadano medio. Supongo que porque dan por hecho que su vida tiene sentido (con lo cual preguntarse por ella es perder el tiempo), o bien porque inconscientemente saben con certeza que sus vidas carecen de sentido (en cuyo caso, perder el tiempo con estas preguntas es eso una vez más: perder el tiempo).

 

Sigo pensando que hay que escribir desde el dolor. A algunas este pensamiento podrá parecerles un tópico, pero no lo es. Recordaré a Isak Dinesen, que contrajo matrimonio con su primo el Barón Blixen (por eso es conocida también por el nombre de Karen Blixen). Sus experiencias más dolorosas en Kenia (enfermedad, divorcio, bancarrota…) le llevaron a escribir la famosa novela Memorias de África, con versión cinematográfica no menos famosa, con Robert Redford y Meryl Streep como protagonistas principales. Si hubiera vivido en Kenia sin sufrir el menor percance, Dinesen/Blixen no podría haber escrito estas Memorias de África. En caso de que aun así hubiera  pergeñado sus Memorias de África, estas serían otras

 

Volviendo a Bergman, recuerdo las palabras que pronuncia Gustav Adolf, personaje de otra de sus películas, Fanny y Alexander:

“Nosotros no hemos venido al mundo para desvelar sus misterios, no estamos equipados para semejantes menesteres y es mejor que ignoremos los grandes interrogantes, porque vivimos en nuestro pequeño mundo. Nos contentamos con eso. Y hemos de hacer de él el mejor bien que podamos. Porque de pronto ataca la muerte, se abre el abismo, estalla la tempestad y el desastre se abate sobre nosotros. Todo eso puede ocurrir; pero tampoco hay razones para pensar solo en desgracias”.

¿Es posible mayor intensidad en menos palabras?

 

 

9 de enero

Discrepo de esos sibaritas que dicen preferir a una mujer bien vestida a verla tal como vino al mundo. Allá ellos. Yo soy un tipo terrenal al que le gustan las mujeres bien desnudas, y cuanto más desnudas, más me gustan. Dicho esto, confieso que las fotos de Ana María Ríos, publicadas recientemente en la revista Interviú, no me aportan el menor placer sensual. Y no por falta de atractivo de la retratada. Lo que ocurre en este caso es que ha primado en mi retina el desnudo ético sobre el desnudo carnal, y lo que ha salido a relucir bajo ese desnudo ético deja mucho que desear. Recordemos que Ana María es la ciudadana gallega que en plena luna de miel en Cancún fue detenida junto a su esposo por llevar en la maleta varias balas y un detonador. El cónsul honorario de España en Cancún, el Ministerio de Exteriores y los medios de comunicación hicieron entonces un buen trabajo, y el matrimonio gallego pudo regresar felizmente al hogar dulce hogar libre de cargos.
Como poderoso caballero es don Dinero, Ana María, de profesión peluquera, ha optado, en un giro inesperado, por dejar a un lado el secador y el rictus de aflicción con que la conocimos para echarse al ruedo del oportunismo y sacarle el mayor partido a esos quince minutos de gloria que citaba Warhol. Ignoro por qué han pensado los responsables de la revista que el lector iba a sentir pulsión erótica por la misma mujer en la que entonces llegó a
depositar cierta dosis de solidaridad y buenos deseos. Ahora que Ana María se nos ofrece en su desnudez, en un acto de rebeldía me declaro sibarita y afirmo que me parecía más hermosa cuando nos enseñaba no los pezones sino el ojeroso rostro del miedo.

 

 

22 de enero

Retomo este diario después de casi dos semanas en paro. Los dolores musculares, los viajes y algunas entrevistas en radio (COPE Madrid en dos ocasiones) me han impedido garabatear unas líneas en este mi querido amigo.

La gran novedad –no exagero al decir que este es el mayor cambio en mi vida desde que hice la Primera Comunión– es que ya tengo calefacción en casa. Tema menor para aquellos que la disfrutan invierno a invierno –precisamente porque la disfrutan, no le dan importancia. Yo, sin embargo, vengo muriendo de frío desde el invierno de 2001, cuando compré esta vivienda.

Precisamente en estos días una ola de frío se acerca a España, la misma que ha dejado ya al menos cuarenta muertos en Europa. Y en este caso “muertos” [de frío] no es una metáfora muerta.

 

Mi viejo coche (quince años de edad) ha regresado al taller mecánico, que es últimamente su segunda casa. Parece mentira que llevemos tanto tiempo juntos. Lo he visto siempre tan predispuesto, tan saludable, que hasta hoy me había negado a echarle más que siete u ocho años de edad.

2006 ha sido el año en que los dos, coche y propietario, hemos dejado atrás una confusa juventud para echarnos sin demasiado entusiasmo en los brazos de la madurez.

 

Clausura, esta tarde, del taller literario en Alburquerque. Los alumnos llevan semanas preparando un texto de su compañero Miguel Ángel Esquembre, construido solo con pies de diálogos. La intención es representarlo hoy.

Al final, como ya ocurrió el año pasado, participaremos en una suerte de picnic. He comprado una tortilla y una ración de ensaladilla rusa.

 

Sigo con la lectura minuciosa de La Cultura. Todo lo que hay que saber, de Dietrich Schmanitz. Un libro interesante concebido para estudiantes rezagados (primando a los que son alemanes, como el propio Schmanitz) que nunca aprendieron “todo lo que hay que saber”. Este summun cultural arranca desde los griegos clásicos. Yo acabo de dar muerte a Hitler y Stalin –así, sin despeinarme– y estoy a punto de cruzar el umbral de la literatura europea.

 

 

 

23 de enero

El cansancio y las contracturas musculares me obligan a sintetizar lo ocurrido hoy en una procesión de sustantivos, dejando a un lado adjetivos, verbos y adverbios: tramitación de documentos, Correos, limpieza de la casa, reunión de vecinos…

(Viva la economía del lenguaje, prima hermana de la pereza).

 

 

24 de enero

Tanto K como Eloy ultiman los detalles de las presentaciones del elefante. La que organiza K, en Alburquerque, es mañana. La de Eloy, en Albacete, tendrá que esperar hasta el 1 de marzo. No obstante el tiempo que aún resta por delante, Eloy me telefonea hoy algo preocupado desde la librería Popular Libros para decirme que el librero ha intentado infructuosamente en dos ocasiones ponerse en contacto con los editores de Siete minutos y Un elefante en Harrods.

Es loable el empeño que ponen personas como K o Eloy por llevar a buen puerto este tipo de actos literarios. Al escritor, todo hay que decirlo, le está reservado el mejor papel: seducir o aburrir a los asistentes. Se diría que lo suyo es asistir a la comida con la mesa puesta.

 

Cuando el dolor se ha hecho insoportable, me he decidido por fin a pedir consulta en el fisioterapeuta. Una sinfonía de quejidos de músculos ha armonizado la sesión, que ha durado una hora. La fisioterapeuta me ha dicho que me seguirá doliendo la espalda en los próximos días. Esperemos a comprobar qué tal me levanto mañana. Si es que me levanto.

 

 

 

28 de enero

Me repongo poco a poco del frío y de las emociones experimentadas durante la presentación de Un elefante en Harrods en Alburquerque. K se había tomado el evento como algo personal y llevaba tres meses trabajando en su preparación. No fue ella sola, claro. Le ayudaron los responsables del Ayuntamiento, del Taller Abelardo Covarsí y varios compañeros del taller. Todo ello de un modo… discreto, diría yo. Masivo (invitó a decenas y decenas de personas) pero discreto, o mejor dicho, secreto (para mí): no me permitió conocer hasta el último momento los detalles de la presentación. Ni siquiera me estaba permitido conocer el nombre del presentador (Manuel Pecellín), aunque me enteré días antes porque alguien metió la pata.

La presentación se hizo en el Convento de San Francisco. Hasta allí fue literalmente arrastrado. Nada más entrar, tres músicos (dos alumnos y el hijo de uno de ellos) se arrancaron a darme la bienvenida con sus instrumentos de viento. Y sentados en las primeras filas, mis padres y mis hermanas, que en ningún momento me habían dicho que iban a estar presentes.

Me acompañaba Minerva, cómplice –en la sombra– de K. (Eso lo sé ahora, no antes). 

En definitiva: un acto lleno de magia y emotividad donde solo el frío, que no entiende de homenajes, puso la nota discordante.

 

 

Luis Sáez me escribe para preguntarme si quiero escribir un prólogo del libro Cuentos fantásticos, de Rubén Darío, que verá la luz en marzo al precio de un euro. El libro se vende con el diario HOY, que es donde se publicará el prólogo.

He aceptado la generosa invitación.

 

 

29 de enero

He pasado por la Biblioteca para tomar prestados un par de libros de Rubén Darío. Quiero leerlos cuanto antes. No hay prisa, pero me gustaría realizar ese encargo esta semana. Soy tan perezoso que no me fío un pelo de mí cuando tengo que hacer una tarea de este tipo.

 

 

 

30 de enero

No consigo habituar el sueño a un horario. Hay días, como sucedió ayer, en que me levanto a las doce de la mañana, y otros, como hoy, en que me pongo en pie a las seis de la madrugada. He pasado toda la noche soñando con que tenía que escribir el artículo sobre Rubén Darío, alternando con sueños (pesadillas) en las que me veo despachando pescado en la pescadería de mi padre. Así que lo primero que he hecho al levantarme ha sido encender el ordenador y sentarme a escribir el dichoso artículo. Ayer pasé algunas horas leyendo sus libros y tomando notas.

A media mañana, el artículo (solo 600 palabras) está casi terminado. Al menos, el esbozo.

A las doce acudo a los baños árabes que hay junto a mi casa. A esta hora no suele ir nadie, pero hoy tenía compañía: una mujer de unos cuarenta y cinco años. Hemos estado saliendo de una bañera y entrando en otra (hay tres, de distintas temperaturas: fría, caliente y templada) durante una hora, intercambiando un “qué fría está el agua” o “qué caliente está el agua”. La otra bañera, la de temperatura templada, no daba motivos para comentarios de ese tipo, así que nos dedicábamos a mirarnos. O a no mirarnos.

 

 

1 de febrero

La ola de frío va despojándose de su rostro más severo. No obstante, sigo fiel a mi costumbre de no salir de casa cuando el termómetro marca menos de 30 grados. En otoño e invierno puedo hacer un esfuerzo y rebajar el mínimo exigido a 20 grados, pero no menos.

Día aburrido, pues.

Sesión de fisioterapia. Lecturas. Silencio. Correos electrónicos.

 

“Hola.

Soy profesora de infantil y quisiera conocer algo de su vida, su biografía, para poder hacérselo llegar a los niños.

Atentamente,

E.”.

 

Estimada desconocida:

Gran parte de mi biografía no está recomendada para menores de 18 años. La otra parte, la que está algo más acicalada, puede consultarla en mi web.

 

 

1 de febrero

He pasado esta mañana por el Hospital para informarme sobre el tema de mis revisiones. Aprovechando que en ese momento no había ningún paciente en la sala de espera, la doctora me ha hecho pasar.

Resulta que yo debería haberle llevado los informes después de las sesiones de radioterapia. El caso es que me suena haberlo hecho, pero no estoy seguro de ello.

En resumen: me citará para marzo después de que me hayan hecho un análisis de sangre y un TAC. Le he preguntado a la doctora, en caso de que los resultados de las pruebas confirmaran que la curación es total, si podría ingresar en quirófano para que me quitaran el reservorio. Lo ha desaconsejado rotundamente. Al parecer la masa bulky que tengo en el pecho es de pronóstico negativo. No quiere decir eso que el cáncer vaya a reproducirse –en principio lo más probable es que no–, pero por si acaso es mejor mantener el reservorio durante al menos un par de años. La doctora me ha informado, además, de que si eso ocurriera, que el cáncer volviera a emerger de mis cansadas células, cuanto más se retrasara este empeoramiento, mejor. Al parecer, el tratamiento sería menos abrasivo al cabo de cinco años que si tuviera que recibirlo de nuevo dentro de seis meses.

Tomé en su momento la determinación de olvidarme de la enfermedad, pensar que todo fue una pesadilla, solo eso: un mal sueño. Sin embargo, cuando visito el Hospital siempre tengo la sensación de que en cualquier momento puedo pasar por allí para reeditar aquellos meses en los que la muerte, aun desde la distancia, me saludaba con la mano.

 

 

5 de febrero

Sigo deprimido. Es una depresión de segundo grado, nada serio. Tal vez sea más aburrimiento que depresión en sí. El caso es que he mirado en mi agenda y no tengo nada estimulante que hacer hasta el 1 de marzo, día en que estaré en Albacete para presentar el libro.

Mientras tanto, las facturas siguen llegando a mi buzón de correos. Teniendo en cuenta que solo gano los 85 euros al mes que el Periódico Extremadura me paga por mi columna, más una pequeña cantidad de Incapacidad Temporal (I.T.) que me llega de la Seguridad Social, no sé cómo voy a mantenerme. Y como al perro flaco todo se le vuelven pulgas, mi coche está una vez más en el taller. Allí lleva más de diez días, a espera de una pieza que no acaba de llegar.

Depresión, aburrimiento o desidia. Cualquiera de las tres palabras sirve para describir mi actual estado emocional.

 

 

 

6 de febrero

Olvido García Valdés no ha podido participar en las actividades del Aula Valverde porque está enferma. Así que no hizo su lectura, ayer, en el Colegio Mayor Francisco de Sande, ni ha participado hoy en el encuentro con los estudiantes del instituto García Téllez.

Por la tarde, he agotado la última sesión de mi bono de los baños árabes. El masaje, aunque solo dura quince minutos, es reparador. Me informan las chicas de recepción de que hoy me marchaba casi media hora antes del final (las sesiones duran hora y media).

–No importa –me he excusado–. Tengo cosas que hacer.

Lo cierto es que una hora y media en un baño árabe es demasiado tiempo. Si al menos se pudiera nadar. Tampoco hay chicas guapas a las que escrutar con ojos de gato en celo. Además, los cambios bruscos de temperatura me destemplan. Aunque siempre viene bien esa taza de té para recuperar el tono.

 

La lectura del primer número de la revista Chesterton me ha ocupado durante horas. La he leído con ojos críticos para poder intercambiar impresiones con Minerva, que es amiga del presidente y de algunos miembros de la redacción. Cosas buenas y otras no tanto, como suele ser habitual en el primer número de este tipo de publicaciones. Creo que su futuro dependerá de la dirección que tome la revista en los próximos tres o cuatro números.

 

He escrito a K para que me diera el correo electrónico de Manuel Pecellín. Quería agradecerle la reseña que hizo de mi libro en pasado domingo en el diario HOY. K no tenía su dirección. Escribo a Marino González, editor del libro, para pedírsela y me escribe un mail: “Ahí te la envío”. Sin embargo, no lo hace por despiste. Al final es el propio Pecellín quien me escribe para preguntarme si leí la reseña.

En fin, como se suele decir: Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.

 

 

 

9 de febrero

He ido al taller a recoger mi coche, que llevaba allí dos semanas. Me lo han devuelto sin arreglar, porque el distribuidor todavía no les ha enviado la pieza del radiador que precisa mi querido Peugeot 306. Digo “querido” ahora que voy a desprenderme de él. Hace poco tuve que hacer un viaje a Madrid y tomé prestado el de mi padre. A cambio, él anduvo con el mío por la ciudad un par de días. Le gustó tan poco el estado de forma del coche que se ha ofrecido a prestarme dinero para comprar uno nuevo. Se lo ha tomado como una cuestión de estado. Además, como persona tradicional que basa sus criterios sobre seguro (lo cual tiene sus ventajas y sus desventajas) estuvimos ayer en el concesionario de la Opel. Su intención es que compre un coche como el suyo. El mismo modelo, la misma cilindrada, el mismo color… Es como si encontrara placer en que por primera vez en la vida coincidiéramos en algo.

 

 

10 de enero

Al final he decidido comprar otro modelo de coche: Un Opel Zafira. Que no se diga que no he hecho todo lo posible por seguir manteniendo el choque generacional.

 

 

 

13 de febrero

Anoche me quedé hasta las tres de la mañana viendo un documental sobre Syd Barret, guitarrista fundador de uno mis grupos preferidos: Pink Floyd. El documental hacía un recorrido por la vida del músico desde sus inicios al frente del famoso grupo. Después de tres LP´s, Syd cayó en graves problemas por culpa de las drogas, LSD mayoritariamente. Cuentan los componentes del grupo que hubo un momento en que parecía ausente, como si dentro de él no hubiera nadie. Tal fue su desvarío que finalmente fue reemplazado por un compañero del colegio, el guitarrista David Gilmour, que luego produciría el primer disco en solitario de Barret.

Incluso cambió de aspecto: del joven de aspecto desaliñado, pelo largo a lo hippy, propio de la época, y delgado acabó por convertirse en un hombre obeso y calvo.

El loco de Syd Barret cayó en el anonimato después de que renunciara a su propia carrera musical. Recluido en su casa de Cambridge, vivió hasta los sesenta años, sin otra fuente de ingreso que los royalties de sus discos.

Mientras estaba viendo el programa pensé que podría embarcarme en un proyecto literario que diera cabida a personajes del siglo XX que fueron célebre por algún motivo y que después cayeron en el olvido. O incluso personas que, sin haber sido célebres, llamen mi atención. He decidido titularlo Raros, igual que el libro de Rubén Darío.

Después de Syd Barret, el segundo raro de este proyecto ha de ser a la fuerza Pete Best, el quinto Beatle.

 

 

 

14 de febrero

Como si fuera maná caído del cielo, encuentro entre las páginas de El Periódico de Extremadura una nota de prensa sobre el fallecimiento de Alejandro Finisterre, poeta e inventor del futbolín.

He recortado la hoja. No cabe duda de que tiene todas las papeletas para convertirse en uno de mis raros preferidos. 

 

 

 

15 de febrero

 

La dumá, en la Biblia, es la palabra que designa la morada de los muertos y desaparecidos. (Pregunta del día: ¿qué palabra usarán en dicha morada para designar a los que todavía están vivos?).

 

 

18 de febrero

Jornada tranquila dedicada a la lectura en un intento de recuperar el tiempo que perdí ayer. Aunque, bien mirado, miento: ayer fue un día que no puede ser considerado como desperdiciado. Es cierto que no dediqué un solo minuto a leer o escribir (lo cual es raro en mí), pero hice algo más interesante: relajarme. Aprovechando que ya tengo a mi disposición el coche nuevo, y que le debía una visita a mi primo JM, hice un pequeño viaje de diez kilómetros hasta llegar a su chalé para disputar esa partida de billar que teníamos apalabrada. Llegué a su casa a las cinco de la tarde, y no salí de ella hasta la una de la mañana. ¿Qué hice en este tiempo? Jugar al billar con la misma pulsión que cuando era niño (me inicié en este juego a los seis años), ver el partido televisado de fútbol, cenar y, a última hora, charlar sobre la familia.

Lo dicho: un grato paréntesis.

 

 

20 de febrero

Limpieza general en casa. Y precisamente hoy, que me he levantado agotado tras una noche en vela por culpa de los vecinos de abajo, estudiantes de medio pelo, que han decidido últimamente hacer tanto o más ruido en las madrugadas que durante el día.

 

Leo en el periódico que Enrique Páez asiste al Ateneo de Cáceres para dar una charla. Casualmente, llevaba tres o cuatro días releyendo su libro Escribir. Manual de técnicas narrativas, que uso como apoyo en mis talleres literarios. Aprovechando que es director de un taller literario en Madrid, he aprovechado la ocasión para asistir a su charla y de paso mantener una breve conversación con él. Resulta que después de muchos años dando talleres literarios en Madrid, ha decidido cambiar de aires e impartir esos talleres en Cáceres. Un viaje a la inversa es el que quiero hacer yo ahora que empiezo a plantearme mudarme a la capital.

 

 

25 de febrero

Jornada emotiva la de ayer: mis padres festejaron el 50 aniversario de boda. La misa se celebró en San Juan, la misma iglesia a la que me llevaban, siendo niño, cada sábado. Por la noche cenamos en el restaurante del Hotel Meliá, durante el transcurso de la cual les entregamos dos álbumes con fotografías de toda una vida (y no es una metáfora). Como esas novelas o biografías que se remontan generaciones anteriores a las del retratado, los álbumes arrancaban con fotografías de mis abuelos para acabar con las de mis sobrinos, la última generación de la familia. Siento cierto escalofrío mirando estas imágenes del pasado. Por una parte me alegra rememorar tiempos en que fui feliz; por otra, me entristece saber que nunca volverán.

La historia de mis padres –pues son ellos los protagonistas de la entrada de hoy– es digna de tener en cuenta. Novios desde la adolescencia, se casaron después de diez años de “estar hablando” (expresión que usaban en sus tiempos, ahora en desuso). O sea que han estado juntos el 80% de su existencia, compartiendo penas y alegrías. ¡Y siguen siendo felices! Estoy convencido de que podrían prolongar indefinidamente su matrimonio. No estoy muy seguro de que no sea algo a envidiar.

DIARIO DE LA CONTRADICIÓN 2007.

Autor: Francisco Rodríguez Criado.

Nº 27  Del 15 al 31 de abril.